"Nuestro combate en favor de la responsabilidad está siendo
librado contra un ser enmascarado. La máscara de los adultos es la
«experiencia» (Erfahrung). es una máscara inexpresiva, impenetrable,
siempre igual a sí misma. Todo lo han vivido ya estos adultos: juventud,
ideales, esperanzas, mujeres. Todo resultó ser una ilusión. A menudo se
encuentran acobardados o amargados. Probablemente tengan razón los
adultos. ¿Qué podemos responderles? Aún no hemos experimentado nada.
Pero nosotros queremos intentar levantar la máscara: ¿Qué es lo que han
experimentado estos adultos? ¿Qué quieren demostrar? Una cosa antes que
nada: que también ellos han sido jóvenes, también han deseado lo que
deseamos nosotros ahora, también dejaron de creer en sus padres y la
vida les enseñó que éstos tenían razón. Los adultos se sonríen con aire
de superioridad: a nosotros también nos sucederá lo mismo. Desprecian de
antemano los años vividos por nosotros y hacen de ellos un tiempo de
dulce idiotez juvenil, un entusiasmo previo a la gran sobriedad de una
vida seria. Y eso, los bienintencionados e ilustrados. Conocemos otros
pedagogos cuya amargura no nos permite gozar siquiera de los breves años
juveniles.
Con toda seriedad y dureza quieren
colocarnos ya en la amarga tarea de la vida. Pero unos y otros
desprecian y destrozan nuestros años y no dejan de sobrecoger nuestros
sentimientos: tu juventud no es más que una breve noche (¡llénala de
entusiasmo!); después de ella viene la hermosa «experiencia», los años
de compromisos, de pobreza intelectual y de carencia de entusiasmo: así
es la vida. Así nos hablan los adultos; así viven ellos. Sí, así viven
los adultos, siempre es lo mismo, nunca es lo otro: vida sin sentido.
Pura brutalidad. ¿Nos animáis para la grandeza, para la novedad, para el
futuro? ¡No, ni hablar! Eso es inexperimentable. Pero si el sentido, la
verdad, la bondad y la belleza se fundamentan en sí mismos, ¿para qué
queremos la experiencia?
Y aquí está la clave:
como los adultos jamás elevan los ojos hacia la grandeza y la plenitud
de sentido, su experiencia se convierte en el evangelio de los filisteos
y les hace portavoces de la trivialidad de la vida. Los adultos no
conciben que haya algo más allá de la experiencia; que existan valores –
inexperimentables – a los que nosotros nos entregamos.
¿Por
qué la vida resulta para los filisteos algo desconsolador y sin
sentido? Porque sólo conocen la experiencia, nada más; porque ellos
mismos son seres sin esperanza ni espíritu, y porque sólo mantienen
relaciones internas con lo rutinario, con lo eternamente vuelto al
pasado. Pero nosotros conocemos algo distinto, que ninguna experiencia
nos ofrece, a saber: que existe la verdad aunque todo lo pensado hasta
ahora sea un error; que la honradez debe mantenerse por mucho que hasta
el día de hoy nadie haya sido honrado. Esta voluntad no nos la puede
arrebatar ninguna experiencia. No obstante, ¿no podrían tener razón
nuestros padres con sus gestos cansados y su desencantada suficiencia?
¿No será inevitablemente triste todo lo que nosotros lleguemos a
experimentar de tal manera que el valor y el sentido sólo pueda
fundamentarse en lo inexperimentable? Entonces el espíritu sería libre,
sólo que la vida le iría hundiendo cada vez más, vida que, como suma de
experiencias, resulta en verdad algo desconsolador.
Pero
nosotros ya no comprendemos estas preguntas. ¿Habremos de llevar, según
eso, la misma vida de aquellos que no conocen lo que es el espíritu y
cuyo inerte «yo» acaba siendo arrojado por la vida como por olas a las
rocas? No. Toda nuestra experiencia posee ya un contenido. Su contenido
será el que le dé nuestro espíritu. La irreflexión sestea en el error:
«¡Jamás encontrarás la verdad – gritan los adultos a quienes la buscan –
: lo sé por experiencia!». Pero para el que busca la verdad el error no
es más que una ayuda para encontrarla (Spinoza). La experiencia carece
de sentido y de espíritu sólo para aquellos que carecen de antemano
tanto del uno como del otro. Sin duda, la experiencia resultará dolorosa
para quien busca en ella, pero difícilmente le dejará sin esperanza.
Quien
busca de verdad nunca se resignará apáticamente ni se dejará adormecer
por la inercia del filisteo, puesto que éste – ya os habréis dado cuenta
– se alegra ante cada nuevo fracaso. Y tiene razón, está plenamente
convencido de que efectivamente el espíritu no existe. Pero nadie
reclama una sumisión más rotunda, un respeto más profundo hacia el
espíritu, que él, pues si ejerciera la crítica sin duda debería
comprometerse, y eso es algo que no puede hacer. Incluso la experiencia
del espíritu, que él mismo siente a regañadientes, se le convierte en
algo inespiritual.
Dígale usted que aprecie
los sueños de su juventud
cuando llegue a ser un hombre.
Nada
detesta más el filisteo que los «sueños de su juventud» (y la mayoría
de las veces el sentimentalismo no es más que un camuflaje de este
odio). Lo que retiene de estos sueños no es sino la voz del espíritu,
que también le llama a él, como a todos los hombres. La juventud es un
permanente recordatorio para él. Por eso la combate. Por eso la describe
como una experiencia gris y todopoderosa y enseña a los jóvenes a
reírse de sí mismos. Vivir sin espíritu puede ser algo infame, pero
desde luego resulta bastante cómodo.
Por otro
lado, nosotros conocemos otra experiencia que puede llegar a ser hostil
al espíritu y aniquilar muchos sueños en flor. No obstante, es la más
bella, intangible e inmediata, ya que jamás llega a perder el espíritu
con tal de que nos mantengamos jóvenes. Como decía Zaratustra al final
de su peregrinación, uno sólo se experimenta a sí mismo. El filisteo
construye su «experiencia» y se convierte en pura inespiritualidad. El
joven vivirá el espíritu, y cuanto mayor sea el esfuerzo con que alcanza
la grandeza, tanto mas encontrará el espíritu a lo largo de su
peregrinación por entre los hombres. El joven será, sin duda, un hombre
indulgente. El filisteo es intolerante."
Walter Benjamin. Metafísica de la juventud. IV. Experiencia
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