Para la asignatura, y para lo que no es la asignatura.

martes, 10 de noviembre de 2015

"La nuova scienza"

Es muy alentador vivir la incorporación en el ámbito quizás más insospechado de la comunidad científica de modelos de carácter cibernético: un Patólogo conciliando el antagonismo surgido tras la concepción dual de la realidad a través de algo que se asemeja significativamente a la Teoría General de Sistemas.


viernes, 8 de mayo de 2015

Algunos consejos para hacer un buen examen de Comunicación

  1. Tener presente que no es una asignatura difícil. Es difícil suspender la asignatura, y generalmente pasa o porque no se le ha prestado ninguna atención (es natural no darle importancia e incluso darle importancia negativa cuando alguien es "muy médico") o porque no se sabe redactar bien (en cuyo caso mal asunto eso de la Universidad).
  2. La memoria no es lo que se valora. No se trata de aprender tal cual definiciones o corrientes teóricas, aunque pueda parecerlo, para poder vomitarlas; se trata de discurrir, reflexionar, de entender lo fundamental de una teoría y exponerla. Se valora en mucho la capacidad de relación, por lo que hay que mantener la mente abierta a que estas puedan sugir, incluso, en el momento del mismo examen. Por ejemplo: es mucho mejor explicar poco y bien sobre la relación Ego-Superego relacionándola luego con el modo socialmente inconsciente que tiene la institución de reprimir a la población general que enumerar una detallada y compleja lista de definiciones de mecanismos de defensa. Lo que más se valora, diría, es la capacidad de "hacer tuyo lo ajeno", es decir, de demostrar, con algo de visión propia quizá, que sabes emplear o dirigir hacia algo una determinada teoría, la que sea.
  3. Tener cuidado con las palabras. El éxito o fracaso de un discurso teórico depende del lenguaje que esté usando y de cómo lo esté usando. Los elementos formantes de tal lenguaje deben por tanto emplearse con cuidado, definiéndolos si fuese necesario. Ejemplo: al igual que entendemos que "x" en matemáticas, a partir de cierto punto, deja de ser el signo de la multiplicación para ser una variable que hay que definir (o hallar), debemos entender que en comunicación, a partir de cierto punto, palabras como "vivencia", "empatía", "yo", "lenguaje", implican una profunidad lo suficientemente interesante como para que sea importante tenerla en cuenta.
  4. Mejor leer bien que leer mucho. Es relativamente cierto que supone mayor ventaja leer la obra de un autor que leer solo fragmentos suyos o solo textos de otros autores que hablan sobre él; sin embargo, es infinitamente preferible leer, por ejemplo, un solo capítulo de la lógica de Aristóteles y después sacarle todo el jugo posible (quién sabe si quizás Freud, o algún otro teórico de la psique o la comunicación, ha cometido errores lógicos en su formulación, y por tanto habría que invalidar de golpe toda la teoría...) que leer de pé a pá toda la obra del estagirita para después solo ser capaz de soltar "aquí dice esto, aquí dice lo otro"; no es recomendable que el examen parezca un mal manual de muchas cosas. Por otro lado, existe la buena divulgación, aunque de la mala ya sepamos. De hecho y por ejemplo, a veces se dice que es más útil leer sobre Lacan que a Lacan. Algunas obras o capítulos de obras de las que se puede sacar mucha "chicha" para el examen son eminentemente divulgativas (pasa con Watzslawick y su Sinsentido del Sentido).
  5. Tratar de pasarlo bien. Plantéate haciendo el examen de Comunicación: estás escribiendo sobre lo que has pensado sobre una parte no poco interesante del pensamiento. De alguna manera le estas explicando a alguien algo sobre un asunto no trivial, que puede ser desde cómo aprende, a cómo sufre, cómo dice lo que piensa o si acaso puede hacer tal cosa. Trata de verte más como comunicando una idea que como pasando una prueba.

domingo, 15 de marzo de 2015

Metacomunicación

En este fragmento extraído de la obra Pasos Hacia una Ecología de la Mente de Gregory Bateson se proponen una serie de ideas más que interesantes acerca de la metacomunicación humana (mensajes que describen de qué tipo son los mensajes que se están comunicando, por ejemplo, una sonrisa indicando simpatía en el discurso) y de cómo el estudio de las fallas en la construcción de esta podría servir para dar explicación a la psicosis esquizofrénica. Este par de ensayos cortos preceden al desarrollo del conocido concepto de Bateson "doble vínculo" (double bind), aportación quizá más significativa del atnropólogo a la psiquiatría al uso. Aun echando en falta algo de "germanismo" y notando un exceso de "anglosajonismo", es evidente que esta obra del autor más conocido de la escuela de Palo Alto resulta edificadora, interesante y sugerente, además de que no resulta difícil de relacionar el contenido de la misma con ideas originales de otras escuelas o visiones (relaciones a las que el mismo autor sugiere invertir energía mental).

miércoles, 11 de marzo de 2015

Para soltarlo cuando sea oportuno

"Nuestro combate en favor de la responsabilidad está siendo librado contra un ser enmascarado. La máscara de los adultos es la «experiencia» (Erfahrung). es una máscara inexpresiva, impenetrable, siempre igual a sí misma. Todo lo han vivido ya estos adultos: juventud, ideales, esperanzas, mujeres. Todo resultó ser una ilusión. A menudo se encuentran acobardados o amargados. Probablemente tengan razón los adultos. ¿Qué podemos responderles? Aún no hemos experimentado nada. Pero nosotros queremos intentar levantar la máscara: ¿Qué es lo que han experimentado estos adultos? ¿Qué quieren demostrar? Una cosa antes que nada: que también ellos han sido jóvenes, también han deseado lo que deseamos nosotros ahora, también dejaron de creer en sus padres y la vida les enseñó que éstos tenían razón. Los adultos se sonríen con aire de superioridad: a nosotros también nos sucederá lo mismo. Desprecian de antemano los años vividos por nosotros y hacen de ellos un tiempo de dulce idiotez juvenil, un entusiasmo previo a la gran sobriedad de una vida seria. Y eso, los bienintencionados e ilustrados. Conocemos otros pedagogos cuya amargura no nos permite gozar siquiera de los breves años juveniles. 

Con toda seriedad y dureza quieren colocarnos ya en la amarga tarea de la vida. Pero unos y otros desprecian y destrozan nuestros años y no dejan de sobrecoger nuestros sentimientos: tu juventud no es más que una breve noche (¡llénala de entusiasmo!); después de ella viene la hermosa «experiencia», los años de compromisos, de pobreza intelectual y de carencia de entusiasmo: así es la vida. Así nos hablan los adultos; así viven ellos. Sí, así viven los adultos, siempre es lo mismo, nunca es lo otro: vida sin sentido. Pura brutalidad. ¿Nos animáis para la grandeza, para la novedad, para el futuro? ¡No, ni hablar! Eso es inexperimentable. Pero si el sentido, la verdad, la bondad y la belleza se fundamentan en sí mismos, ¿para qué queremos la experiencia?

Y aquí está la clave: como los adultos jamás elevan los ojos hacia la grandeza y la plenitud de sentido, su experiencia se convierte en el evangelio de los filisteos y les hace portavoces de la trivialidad de la vida. Los adultos no conciben que haya algo más allá de la experiencia; que existan valores – inexperimentables – a los que nosotros nos entregamos.

¿Por qué la vida resulta para los filisteos algo desconsolador y sin sentido? Porque sólo conocen la experiencia, nada más; porque ellos mismos son seres sin esperanza ni espíritu, y porque sólo mantienen relaciones internas con lo rutinario, con lo eternamente vuelto al pasado. Pero nosotros conocemos algo distinto, que ninguna experiencia nos ofrece, a saber: que existe la verdad aunque todo lo pensado hasta ahora sea un error; que la honradez debe mantenerse por mucho que hasta el día de hoy nadie haya sido honrado. Esta voluntad no nos la puede arrebatar ninguna experiencia. No obstante, ¿no podrían tener razón nuestros padres con sus gestos cansados y su desencantada suficiencia? ¿No será inevitablemente triste todo lo que nosotros lleguemos a experimentar de tal manera que el valor y el sentido sólo pueda fundamentarse en lo inexperimentable? Entonces el espíritu sería libre, sólo que la vida le iría hundiendo cada vez más, vida que, como suma de experiencias, resulta en verdad algo desconsolador.

Pero nosotros ya no comprendemos estas preguntas. ¿Habremos de llevar, según eso, la misma vida de aquellos que no conocen lo que es el espíritu y cuyo inerte «yo» acaba siendo arrojado por la vida como por olas a las rocas? No. Toda nuestra experiencia posee ya un contenido. Su contenido será el que le dé nuestro espíritu. La irreflexión sestea en el error: «¡Jamás encontrarás la verdad – gritan los adultos a quienes la buscan – : lo sé por experiencia!». Pero para el que busca la verdad el error no es más que una ayuda para encontrarla (Spinoza). La experiencia carece de sentido y de espíritu sólo para aquellos que carecen de antemano tanto del uno como del otro. Sin duda, la experiencia resultará dolorosa para quien busca en ella, pero difícilmente le dejará sin esperanza.

Quien busca de verdad nunca se resignará apáticamente ni se dejará adormecer por la inercia del filisteo, puesto que éste – ya os habréis dado cuenta – se alegra ante cada nuevo fracaso. Y tiene razón, está plenamente convencido de que efectivamente el espíritu no existe. Pero nadie reclama una sumisión más rotunda, un respeto más profundo hacia el espíritu, que él, pues si ejerciera la crítica sin duda debería comprometerse, y eso es algo que no puede hacer. Incluso la experiencia del espíritu, que él mismo siente a regañadientes, se le convierte en algo inespiritual.

Dígale usted que aprecie
los sueños de su juventud
cuando llegue a ser un hombre.

Nada detesta más el filisteo que los «sueños de su juventud» (y la mayoría de las veces el sentimentalismo no es más que un camuflaje de este odio). Lo que retiene de estos sueños no es sino la voz del espíritu, que también le llama a él, como a todos los hombres. La juventud es un permanente recordatorio para él. Por eso la combate. Por eso la describe como una experiencia gris y todopoderosa y enseña a los jóvenes a reírse de sí mismos. Vivir sin espíritu puede ser algo infame, pero desde luego resulta bastante cómodo.

Por otro lado, nosotros conocemos otra experiencia que puede llegar a ser hostil al espíritu y aniquilar muchos sueños en flor. No obstante, es la más bella, intangible e inmediata, ya que jamás llega a perder el espíritu con tal de que nos mantengamos jóvenes. Como decía Zaratustra al final de su peregrinación, uno sólo se experimenta a sí mismo. El filisteo construye su «experiencia» y se convierte en pura inespiritualidad. El joven vivirá el espíritu, y cuanto mayor sea el esfuerzo con que alcanza la grandeza, tanto mas encontrará el espíritu a lo largo de su peregrinación por entre los hombres. El joven será, sin duda, un hombre indulgente. El filisteo es intolerante."

Walter Benjamin. Metafísica de la juventud. IV. Experiencia