El sentir la insurrección como deber propio de aquel alma privilegiada, capaz de ver los errores del poder impuesto, no es en absoluto algo nuevo: ya en Kant y su imperativo categórito se daba luz a un espacio en el que la ética universal surgida de la razón práctica individual se convertía en prevalente sobre el Estado injusto. No sé si quizá, a falta de acudir constantemente a las fuentes, la protesta se puede haber convertido más en una inercia no fundamentada que en un acto revolucionario y poiético. Al margen de tales consideraciones, merece sin duda la pena, después de visualizar este corto clip en el que Lacan otorga a la transferencia su lugar comunicativo superior al habla, echarle un ojo a este otro en el que se ven a partes iguales intentos de comunicación exitosos y fallidos e intentos de respeto exitosos y fallidos.
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